Escríbeme a la tierra

Que mi nombre no se borre de la historia (Julia Conesa, de Las Trece Rosas)

I, tanmateix, la remor persisteix. (Miquel Martí i Pol)

En 1964, un excelente profesor de literatura –Joan Guillamet se llamaba- me descubrió a Miguel Hernández. Un buen día nos propuso la lectura y comentario de cierto poema publicado en un periódico. Se trataba de la Elegía a Ramón Sijé.  Nunca, hasta ese momento, había oído hablar de Miguel, ni en el instituto ni en casa. Pero esos versos suyos, los primeros que conocí, me deslumbraron e hicieron que, al cabo, memorizase el poema entero; hasta hoy mismo, todavía.  El entusiasmo me llevó a buscar más y más versos suyos, que fui hallando con dificultad, no tanto por lo escaso de mis recursos, cuanto por el silencio plomizo que pesaba sobre él en aquel tiempo de plomo. Así fui descubriendo a aquel pastor de Orihuela que se hizo a sí mismo, contra corriente, como escritor (Besarse, mujer, / al sol, es besarnos / en toda la vida)1 y, contra todo interés, como hombre comprometido con una causa justa en unos tiempos de espanto (Se ha retirado el campo / al ver abalanzarse / crispadamente al hombre)2. Uno tras otro, fueron cayendo en mi pequeña biblioteca sus libros, que aún conservo en parte y a los que regreso a menudo: “Perito en lunas”, “El rayo que no cesa”, “Viento del pueblo”, “Cancionero y romancero de ausencias”, “El hombre acecha”…

Miguel no tuvo una vida cómoda. Le costó abrirse camino en la vida y en el círculo elitista de los escritores de su tiempo. Cuando los golpistas hicieron armas contra la República, optó por el camino difícil, dejando los acogedores salones de Madrid en que quedaron otros, para luchar con su palabra en las trincheras. En 1939 Miguel fue detenido en Portugal, a donde había huido, y entregado a la Guardia Civil. Tras un Consejo de Guerra, y protegido por las habituales garantías procesales del franquismo, fue sentenciado a muerte. Algunos amigos del bando vencedor intercedieron para evitarle tal condena, lo que se consiguió y así fue comunicado por el Ministro de Defensa: Tengo el gusto de participarle que la pena capital (…), ha sido conmutada por la inmediata inferior, esperando que este acto de generosidad del Caudillo, obligará al agraciado a seguir una conducta que sea rectificación del pasado.3 El 28 de marzo de 1942  murió Miguel de tuberculosis, miseria y tristeza en la enfermería de la prisión de Alicante, sin haber rectificado un ápice sus convicciones ni su obra. Nadie gemirá nunca bastante. / Tu hermoso corazón nacido para amar / murió, fue muerto, muerto, acabado, cruelmente acuchillado de odio4, escribió Aleixandre, amigo y poeta. Desde las páginas de “Triunfo”, Josefina Manresa, la viuda de Miguel, nos explicaba en los años setenta: No pudimos velar su cadáver, porque los empleados del cementerio nos dijeron que por la noche llevaban gente a fusilar. Y allí se quedó Miguel, solo, en la sala de vela.5

Flores en La Almudena

Hace unos días viajamos a Madrid y estando allí supimos de una concentración, a la que no dudamos en sumarnos, convocada para el 1 de marzo, en el cementerio de La Almudena, por diversos colectivos y personalidades. El motivo, la protesta contra el ayuntamiento, gobernado por la ultraderecha, por la retirada de las placas con los nombres de los 2.936 republicanos fusilados en Madrid por el franquismo entre 1939 y 1944, tras la Guerra Civil. Unas placas acompañadas de la frase de Julia Conesa que cito al principio, y de unos versos de Miguel Hernández, que también fueron suprimidos: Para la libertad me desprendo a balazos / de los que han revolcado su estatua por el lodo (…)  porque soy como el árbol talado, que retoño porque aún tengo la vida.

Hubiera querido hablar y no lo hice, porque bastaron con creces quienes pusieron voz a Miguel y a las víctimas: Almudena Grandes,  Juan Carlos Mestre, Luis García Montero, Inma Chacón, Cristina López Barrios, Bernardo Fuster… y así hasta una veintena de poetas.  Me hubiera gustado decir, ahora lo escribo, que le debo –le debemos- mucho a ese poeta que habita en la memoria de tantas buenas gentes; o que vivo en una tierra, Mallorca, donde hubo muy poca guerra y sí mucha victoria y venganza, y que, por ello, la vieja tapia del cementerio de Madrid es también la de los nuestros, la de todos los ajusticiados sin justicia, muertos por garrote o fusil, asesinados. De quienes aquí, como en la Almudena y tantos otros lugares, esperan, tiritando bajo el polvo, verdad, justicia y reparación. La concentración, en esa mañana gris, ventosa y fría del Cementerio del Este, respiraba tristeza, pero también solidaridad y coraje. Al final, entre todos, unos versos de Miguel Hernández musicados por Serrat: La cebolla es escarcha, cerrada y pobre / escarcha de tus días y de mis noches… Y una extraña sensación en la garganta.

(1) Miguel Hernández. Besarse, mujer. “Cancionero y romancero de ausencias”. Editorial Losada, Buenos Aires, 1963. (2) Miguel Hernández. Canción primera. “El hombre acecha”. Editorial Losada, Buenos Aires, 1963. (3) Ignacio de Cossío. “Cossío y los toros”. Consejería de Cultura de Cantabria, 2008. (4) Vicente Aleixandre. Elegía (En la muerte de Miguel Hernández). https://trianarts.com/vicente-aleixandre-la-muerte-miguel-hernandez/# . (5) Monleón, J. (28/XII/1974). Con Josefina Manresa, la de Miguel Hernández. Triunfo, 639, pp 36-43. (6) Miguel Hernández. El herido. “El hombre acecha”. Editorial Losada, Buenos Aires, 1963.

Publicado por albertcatalan49

Nascut a Queralbs (Girona) el 14 de gener de 1949. Viu a Esporles (Mallorca) des de 1976. Casat. Dos fills i tres néts. Biòleg, Professor d'Institut i d'Universitat. Jubilat.

4 comentarios sobre “Escríbeme a la tierra

  1. El regreso de la verdad a nuestras vidas es lento y está lleno de amenazas. Las cultivan con odio los que se saben condenados cada vez que alguien recuerda versos de los que nunca morirán, pues nacieron en los corazones de quienes todo lo dieron por la libertad.

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